ROCIO SAN MIGUEL
Las salvajadas del Presidente no pueden ser avaladas por la Fuerza Armada Nacional. Ser comandante en jefe es una cosa. Acabar con la Fuerza Armada Nacional, otra. E insistir en que la revolución está armada y dispuesta a defenderse como lo ha hecho nuevamente en público, es un delito.
El Artículo 324 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece que sólo el Estado puede poseer y usar armas de guerra. Todas las que existan, se fabriquen o se introduzcan en el país, pasarán a ser propiedad de la República sin indemnización ni proceso. La Fuerza Armada Nacional será la institución competente para reglamentar y controlar, de acuerdo con la ley respectiva, la fabricación, importación, exportación, almacenamiento, tránsito, registro, control, inspección, comercio, posesión y uso de otras armas, municiones y explosivos.
Si la revolución está armada debe entregar las armas inmediatamente a la Fuerza Armada Nacional, o ésta exigírselas. Estamos ante el reconocimiento claro y diáfano de una violación a la Constitución.
El Presidente ha venido insistiendo en esta tesis, especialmente cuando se acercan los periodos de elecciones, con el objeto de intimidar y crear miedo en la población. Y no hay autoridad del Poder Público Nacional que le exija el respeto a la Constitución.
Cualquiera de las hipótesis en las que se apoya el Presidente para señalar que la revolución está armada, es una clara afrenta a la Fuerza Armada Nacional, pues es a esta institución militar del Estado, la que corresponde autorizar y controlar la posesión y adquisición de dichas armas. ¿O es que acaso cuenta la revolución con permiso de la Dirección de Armamento de la Fuerza Armada Nacional (Darfa) y no lo sabemos? En todo caso, pensemos por un momento en el disparate de señalar por parte de cualquier partido distinto al de la revolución, que la democracia está armada y dispuesta a defenderse. Eso es lo que ha estado diciendo el Presidente respecto a la revolución en los últimos tiempos sin que haya autoridad en este país que se lo impida. Eso constituye -con todas sus letras- el germen incipiente de una guerra civil en cualquier país.
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